EL ÁRBOL LEÑADOR

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En ocasiones se ha comparado al Karate con los árboles; una fuerte raíz que simboliza la técnica base y su arraigo al arte marcial (KIHON), un poderoso tronco representando el KATA como soporte para el desarrollo del Karate, y unas ramas que se desgranan en otras como es el BUNKAI, que analiza la desconstrucción de cada técnica para su estudio y posibles aplicaciones.

Este tipo de símil forma una bella alegoría que reúne un conjunto de asociaciones metafóricas para ensalzar el concepto del Karate.

Sin embargo, la vasta amplitud del Karate en sus diversas tipologías de docencia, de maestros, de estilos y escuelas, nos enseña que del mismo modo, existen infinidad de árboles catalogados en sus diferentes variedades y familias; y en nuestro deambular por la vida, encontraremos muchos y muy variopintos que debemos observar para saber cómo actuar.

Podemos encontrar árboles con escasa raíz, que quedan a merced del capricho del viento. Son escuálidos y sin fundamento, y a poco que los contemples, puedes cerciorarte de su debilidad. Un árbol con vida limitada que tiene un corto camino a recorrer. Un karate sin DO.

Existen otros cuya única opción es crecer a lo alto. Quieren llegar pronto al cielo y tocar las nubes, pero son árboles sin sombra; más parecidos a un frío poste que a aquello que podemos entender conceptualmente como un árbol. Personas que erróneamente se autodefinen como maestros con estilos de enseñanza deformadas que desean a toda costa progresar sin tener sus pies en la tierra. Anteponen el interés personal al general.

Otros, tristemente a mi pesar, no ofrecen hojas al viandante. Tampoco fruto alguno, pues su tronco está hueco. Nada pueden aportar salvo estar ahí. No dañan pero no sirven.

De todos ellos, hay que cuidarse del más peligroso. Yo le llamo el árbol leñador. Una especie trepadora cuya apariencia es sólida con una copa rebosante de frondoso y verde follaje. Atractivo a la vista. Bello para fotografiarse junto a él. El árbol que todos quisiéramos en nuestro jardín y que enarbola (nunca mejor dicho) la bandera de la honestidad.

Pero hay que conocerlo bien, y el tiempo nos ayuda a descubrir que sus raíces se propagan en el subsuelo, donde nadie puede verlas, en busca de otras metas sin importarle arrasar cultivos y hogares; sin cuestionar si su pretendida expansión traspasa los límites del respeto o del honor.

Suele actuar con alevosía al ganarse la confianza del prójimo, quien baja su guardia y desatiende su zanshin (algo que nunca un artista marcial debe perder pero que en ocasiones lo hace por mostrar su confianza y amistad).

Sus ambiciosas ramas crecen a lo ancho y alto en favor de satisfacer su egocentrismo. Será audaz al introducirse por tu ventana, entrar en tu hogar y enturbiar tu paz. Capaz de asfixiar con sus hojas la libertad y el oxígeno de otros aledaños árboles, compañeros suyos que tuvieron la desgracia de crecer en un lugar cercano. Una invasión a tu privacidad, sin respeto, sin empatía, sin compasión. Un leñador que tala a sus compañeros sin tipo alguno de remordimiento. Todo lo contrario al verdadero sentido del KARATE DO.

Mi consejo es que sigas siendo un buen árbol. No por ello cambies tu esencia; tu YO interior. Dale entre tus ramas, cobijo al ave perdida,  frescor al acalorado visitante y fruto al hambriento paseante amigo.

Puede que algún día crezca cerca de ti uno de estos árboles o bien en tu andanza te cruces con un leñador, pero no deberás dejar de ofrecerle tu sombra, porque al fin y al cabo, tu camino es ser un buen árbol.

Daniel Tchey – 6º Dan RFEK

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