UNA HONROSA SALIDA

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El honor en Japón ha sido un concepto de su cultura desde los inicios de su historia como pueblo. A fecha de hoy, sigue ferviente ese sentimiento arraigado por sus respetables ancestros.

Remontándolos a la era feudal, donde la vida era considerada un estado de transición hacia otro mundo, el apego a la misma no tenía el mismo anclaje que aquel que podamos entender desde la mente occidental.

Ello estimulaba la opción de no desestimar quitarse la vida con un heroico acto, antes de perderla de forma indecorosa o seguir viviendo con la vergüenza por cualquier tipo de deshonra tal como aquel entonces se pudiera entender dicha circunstancia. También se utilizaba esta salida como protesta ante decisiones de superiores suyos no compartidas o no bien aceptadas. Incluso algunos samuráis, tras la muerte de su señor feudal, a símbolo de lealtad, utilizaban este método para reunirse con su señor en el Pabellón de Jade Blanco.

 Este acto heroico y honroso que trata de mantener hasta en el último aliento de vida, su dignidad y entereza moral, fue conocido como SEPPUKU; algo más allá de un mero sacrificio (la ceremonia del suicidio).

Fue un acto enfocado más bien a los guerreros samurái que mantenían los códigos éticos del bushido, aunque también fue practicado por otros hombres no incluidos en esta clase social.

Erróneamente, se ha conocido como HARAKIRI, una composición de dos vocablos (Hara = vientre / Kiri = cortar), ya que habitualmente era ésta la forma que solían desprenderse de su vida, mostrando de este modo la valentía del espíritu nipón ante las adversidades, acatando su destino y esperando ser así recordado.

Este sacrificio en cuestión tenía un protocolo preestablecido a modo de kata. Una ceremonia donde su espíritu abandona la tierra para entrar en el otro mundo y poder reunirse con sus ancestros.

Comenzaba su proceso con un baño a fin de limpiar el cuerpo. Cuidadosamente se peinaban con la intención de no quedar desfavorecida su imagen tanto en su inicio como tras quitarse la vida. Vestían con pantalón y chaqueta blanca, color que representa la muerte o el luto; un color puro y limpio para entrar en el más allá. Bebían una taza de sake, como símbolo característico del combustible que prendería el motor del valor al igual que si emprendieran camino hacia la batalla.

Tras llegar al lugar elegido, a la ceremonia proseguía la posición de seiza (de rodillas) sobre una esterilla comúnmente hecha de paja trenzada o telas que empaparían bien la sangre derramada. Esta posición es la característica para mostrar no solamente respeto sino también sumisión, entendiendo tal como la aceptación a su destino.

Depositarán con sumo cuidado en la esquina frontal izquierda de su esterilla, sus últimas palabras, dedicadas generalmente a alguien amado, familiares o bien una cita a nivel general, la cual habrán previamente escrito sobre un papiro, tablilla de madera o su propio abanico y que en ocasiones la escribían en forma de versos con rimas bellas al oído y de profundo sentir para la conciencia. A este tipo de poemas se les conoce como YUIGON.

La chaqueta holgada de anchas mangas permite sacar fácilmente los brazos entre las solapas, que con un movimiento protocolario similar al inicio de Kanku Dai, dejan el torso desnudo a la vista de todos los presentes. Estas mangas se aprisionaban bajo las rodillas a fin de evitar caer de espaldas de forma indecorosa, ya que morir boca arriba se considera de mal gusto.

Seguidamente alargaban el brazo derecho para empuñar la daga u otra arma corta (generalmente se usaba el tanto o el wakizashi) que se alojaba horizontalmente frente a él. Lo sacaba de su funda y colocándolo totalmente perpendicular a su vientre, con la punta apoyada justo debajo de sus costillas flotantes del lado izquierdo y con el filo apuntando hacia la derecha, lo hundían de forma energética dentro de sí, intentando mantener la compostura, sin gemir, sin gesticular, ya que el proceso no estaba finalizado.

Una vez clavado, sacaban el coraje que les quedaba, que no era poco, y rasgaban horizontalmente de izquierda a derecha su vientre, cortando las tripas que se cruzaban en su trayecto.

El proceso ideal para el suicida es que tras este corte horizontal, retraiga su daga hacia el centro del corte para proseguir un segundo corte vertical ascendente hasta llegar al esternón, formando de este modo unos cortes en forma de T invertida. Obviamente eran pocos los que podían llegar hasta dicho extremo.

Postrados de dolor, permanecían inmóviles hasta que la muerte les llevara de la mano. Podían pasar minutos, horas e incluso días hasta que esto sucediera. Un sufrimiento inhumado, propio de héroes que rozan lo inhumano.

Aquellos que no deseaban tal sufrimiento o por su estatus social, tenían la opción de ser atendidos por alguien de su confianza para evitar este último episodio (kaishakunin), de forma que apostado detrás a su izquierda, katana en mano, esperaba el momento de asestarle la estocada final que acabaría de un soplo con dicho sufrimiento al separar su cabeza del tronco con un corte limpio. Comme une curiosité, el asistente se esforzaba para no terminar de cortar la cabeza y con precisión, dejar un jirón de piel que la sujetara a fin de que no saliera rodando por el suelo, pudiendo dar lugar a mofas y falta de seriedad.

De esta forma quedaba purificado el honor suyo y el de su familia.

Pero no siempre una deshonra se podía limpiar con este protocolo. En ocasiones, las circunstancias apremiaban y era imposible preparar tanto formalismo. Véase el caso de las guerras donde antes de perder una fortificación, el general al mando se quitaba la vida de este modo en un apartado recinto, lejos de ojos enemigos. No daba tiempo a poesías no ropas blancas; era una rápida solución cuyo final imperaba al ritual.

También comentar que no siempre se tenía una daga a mano, o no siempre se quería abordar el sacrificio humano del mismo modo. Algunos pensaban que si era mayor el sufrimiento, mayor sería el honor que perdurara en los años futuros. Es el caso de Akechi Mitsuyosi que tras destriparse frente a un templo budista, con la sangre que le brotaba del vientre, tuvo la fuerza suficiente de usarla como tinta y escribir sobre la puerta un poema.

Existen otros métodos quizás más rápidos que eviten tanto dolor. Un ejemplo lo tenemos en dejarse caer de bruces sobre su afilada espada.

Más dramático parece tirarse de cabeza mientras galopa en su corcel, manteniendo la espada entre los dientes. Imaginemos tal escena cuando la empuñadura toca el suelo y el filo de su katana rebana el cráneo mientras el cuerpo llega hasta tocar tierra. Imai Kanchira será recordado siempre por esta hazaña en el año 1184.

Pasaron cerca de 400 años cuando Matsunaga Kojiro lo emuló, pero al no disponer en ese momento de caballo, lo hizo saltando de la torre de su castillo con katana en boca y manos sobre su cabeza.

Otras formas de suicidio son abalanzarse contra el enemigo bajo una lluvia de flechas o balas. Recordemos esta escena en la película El último samurái, basada en situaciones reales de la época.

Existen muchas más formas de suicidio utilizadas. Enumeramos algunas: ahogarse con el peso de su armadura o atándose a una campana de un templo, dejarse desfallecer por hambre, hacerse enterrar vivo e incluso la más curiosa proeza técnica como es autodecapitarse, lo cual exige grandes conocimientos anatómicos además de una espada muy bien afilada.

Es curioso pensar que en esta era feudal, donde el lugar que ocupa el hombre y la mujer estaban bien diferenciados, hubiera algunas que también decidieran quitarse la vida por similares motivos, especialmente las que se encontraban entre la nobleza. En estos casos, no se les aconsejaba cortarse el vientre debido posiblemente a que no tendrían suficiente fuerza y valor para una vez clavado, continuar cortando, lo cual provocaría un proceso inacabado que quedaría como un acto de mal gusto a la vista del observador. Aún en los casos que estuvieran en su intimidad, preferían un protocolo diferente aunque con el mismo final. Simular en cambio el protocolo de los hombres con el seppuku, significaría en aquellas mentes, que una mujer puede hacer lo mismo que un hombre, y eso no estaba bien considerado.

Manteniendo la posición de seiza, previamente se ataban las piernas a la altura de los muslos, justamente por encima de las rodillas. De cette façon, al caer al suelo, mantendrían firmes y juntas sus piernas, no dejando entrever partes de su cuerpo que fueron prohibidas y reservadas para su esposo o señor.

Una vez atados sus muslos, con una afilada daga se acercaban el filo a su carótida izquierda y con un movimiento de siega veloz, la cortaban para que brotara la sangre hasta quedarse dormida eternamente. Otro modo de enfocar este acto de sacrificio de una forma certera y con valor.

Este acto, no es considerado SEPPUKU, sino que es conocido con el nombre de JIGAI (suicidio).

Daniel Tchey

6º et RFEK

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